Marc Garrido Orce. Departament d’Arqueologia, Prehistòria, i Recerca de la Identitat Cultural Perduda.

Universitat Autònoma de Miskatonik del Vallès.

Me piden estos arrauxats del Charnego News que les escriba algo sobre el tema de la Hispanidad, en mi condición de historiador y arqueólogo –aunque ellos se empeñan siempre  en decir que soy antropólogo; debe ser porque no me ven con pintas de aventurero sexy y atractivamente descuidada barba de tres días como a Indiana Jones, y eso que soy más joven que Harrison Ford, y que seguro que haría mejor pareja que él con Calista Flockhart, que es una señora que a mí siempre me ha dado muchísimo morbo–, y supongo que al rebuf de la polémica creada por los cupaires, que piden que el 12 de Octubre deje de ser festivo en Cataluña –porque “no hi ha res a celebrar”, y porque encima es una fiesta española–, y que se derribe la estatua de Colón de las Ramblas de Barcelona, por considerarlo responsable del genocidio de las poblaciones indígenas americanas.

Yo, desde luego, reconozco que siempre he sentido por las civilizaciones precolombinas una debilidad especial, desde que, en mi ya lejana adolescencia, comenzaron a caerme en las manos aquellos pintorescos libros de fantaciencia en los que se afirmaba que los bajorrelieves de la lápida sepulcral del rey Pakal de Palenque representaban en realidad a un astronauta manipulando los mandos de su módulo espacial, o que la pirámide de Kukulkán en Chichén-Itzá contenía el compendio de un saber antiquísimo, de origen extraterrestre, que los sacerdotes mayas habían recibido de manos de los últimos supervivientes de la desaparecida Atlántida. Y que me llevé no poca desilusión cuando descubrí, algunos años más tarde, que aquellos sabios mayas no eran exactamente el pueblo de pacíficos astrónomos e ingenieros que yo había creído, sino que con frecuencia también se enzarzaban entre sí en cruentísimas guerras en las que prósperas ciudades se destruían concienzudamente unas a otras, con un empeño digno de mejor causa, y que para lo que utilizaban sus prodigiosas pirámides era para sacrificar y arrojar desde ellas a los enemigos capturados en la batalla, después de sacarles el corazón y depositarlo, aún palpitante, sobre su chac-mool, el altar dedicado al dios de la lluvia. Y aún gracias si luego no se los comían con maíz, frijoles y chiles, como consta que sí que hacían sus no menos belicosos vecinos aztecas…

Pero en fin: que los aztecas, mayas, anasazi, incas, nazcas, mochicas y demás pueblos mesoamericanos, andinos o del suroeste de los Estados Unidos se hicieran la guerra los unos a los otros, creasen imperios, practicasen sacrificios humanos, o sobreexplotasen los recursos naturales hasta provocar en diversas ocasiones el colapso ecológico de sus respectivas culturas, no justifica en absoluto lo que les pasó luego, cuando llegaron los europeos y los civilizaron a golpe de cruz y de espada. Porque, desde luego, en lo que están de acuerdo todos los especialistas es en que, tras el encontronazo de Colón con “las Indias”, y el inicio de la colonización del continente en el primer tercio del siglo XVI, se produjo en América una auténtica catástrofe demográfica (sobre todo debido a la propagación de enfermedades infecciosas europeas para las que las poblaciones nativas no habían desarrollado anticuerpos), muy difícilmente cuantificable –diferentes estudiosos dan cifras dispares como entre un 10 y un 90% de la población, o sea que hay para todos los gustos–, y que no se superó hasta al cabo de un par de siglos, o sea, hasta entrado ya el XVIII. Pero de genocidio, genocidio… bueno, eso según.

Porque, ciertamente, hubo diferentes modelos de colonización. Y, aunque todos los que fueron a hacer las Américas, en el fondo, buscaban lo mismo –hacerse ricos lo más rápidamente y con el menor esfuerzo posible, aunque fuera a golpes de látigo o de formas aún peores–, el impacto en las poblaciones nativas no fue el mismo cuando los colonizadores fueron españoles, portugueses, o anglosajones; porque cada potencia colonizadora tuvo su propio estilo y sus condicionantes, y si los de unos fueron malos, los de los otros fueron aún peores.

pujo-colon-y-el-procesDe los conquistadores españoles se pueden decir muchas cosas, y la mayoría no precisamente bonitas; pero lo que no quisieron nunca, fue exterminar a la población nativa. Aunque sólo fuera porque les hacía falta para trabajar en sus encomiendas, que eran una especie de traslación a América del antiguo orden feudal europeo, con reparto de lotes de tierras y su correspondiente asignación de mano de obra nativa, que había que cuidar mínimamente para que las fincas no dejasen de ser productivas. Bueno; para eso, y para el refocile. Porque la realidad demográfica de la Península Ibérica durante los siglos XVI y XVII no era precisamente boyante, tras varios siglos de guerras de Reconquista y tras las expulsiones de judíos y moriscos (que habían dejado prácticamente despobladas amplias zonas de los antiguos reinos de Granada o de Valencia, por poner un caso, y sin olvidarnos por supuesto de la escabechina que Jaume I hizo en Mallorca, que de ésa los cupaires y convergentes nunca se acuerdan), y los reinos peninsulares no estaban por tanto en condiciones de exportar grandes contingentes de población; sino tan sólo a un puñado de aventureros con muchas pretensiones y pocos recursos –generalmente hijos segundones de fijosdalgo, que acudían a las Américas con la intención hacerse un patrimonio del que en sus tierras carecían–, y que cuando llegaban a las Indias lo primero que hacían era, precisamente, conquistarlas. A las indias. Y de ahí surgió el mestizaje, que por aquí siempre se ha dicho que mejoraba la raza…

Otras potencias colonizadoras, como la Gran Bretaña, buscaron en cambio desde el principio utilizar las colonias para expulsar hacia ellas a sus propios excedentes de población empobrecida que podían poner el orden político y económico en peligro, como ya había ocurrido en la Alemania de la Reforma con las famélicas y violentas masas de campesinos anabaptistas. Y por eso enviaban a América a familias enteras para que se buscasen las habichuelas, como los famosos pilgrims puritanos del Mayflower. Pero claro, las tierras a donde enviaban a los colonos no estaban vacías, sino llenas de nativos que llevaban allí como mínimo doce mil años, procedentes de la Beringia, y que no estaban dispuestos altruistamente a regalárselas y a extinguirse como los mamuts y los tigres de dientes de sable que habían encontrado ellos a su llegada; así que hubo que vaciarlas. Y ahí sí que hubo genocidio, deliberado y sistemático, que se prolongó hasta que los últimos lakotas, apaches o navajos quedaron recluidos en las reservas, ya bien a finales del siglo XIX, y donde aún continúan en el XXI, la mayoría alcoholizados y convertidos en atracción para turistas.

Aunque bueno, aquí tampoco se trata del “y tú más”. Y desde la óptica del presente, todos los colonialismos e imperialismos son igualmente condenables, y todas las culturas merecen ser preservadas. Pero, desde una óptica histórica, la colonización europea de América fue un hecho tan dramático como inevitable, dado el desigual grado de desarrollo –como diría el viejo tío Marx– de las fuerzas productivas que existía, en el momento del contacto, entre ambos continentes, y las necesidades de expansión que el naciente capitalismo imponía a la economía europea.

Total, que todo esto más o menos me andaba a mí por la cabeza la primera vez que viajé a las Américas, hace años, para visitar las ciudades mayas que tanto me habían impresionado desde mi juventud. Iba yo en aquella ocasión acompañado por mi novia –una antropóloga guapísima que, paseando entre las ruinas de Tulum con sus shorts y su bikini, parecía una auténtica chica Bond, mientras que yo, con mi camiseta y mi gorra con visera, me asemejaba más bien al fontanero de Super Mario Bros–, y en una de estas se nos acercó una parejita de mejicanos muy simpáticos, con los que trabamos conversación de inmediato. Hasta que, en un momento dado, el chico mejicano tuvo que soltar el inevitable tópico: “Sí, porque cuando sus antepasados vinieron a Méjico a conquistar a los nuestros…” A lo cual tuve que replicarle, con la mayor amabilidad del mundo, que mis antepasados jamás habían estado en Méjico hasta la fecha, sino que se habían quedado toda la vida en España guardando guarros. Y que los españoles que sí que habían viajado a Méjico en la época de la conquista, eran los que sin duda se habían convertido en sus antepasados.

Así que, a la hora de celebrar, que cada uno celebre lo que mejor le parezca. El doce de octubre, el once de septiembre, o el diez de agosto a las nueve de la mañana. Y el que esté libre de genocidios, o de pirámides extraterrestres, que tire la primera piedra.

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